El salmón rojo vive en ríos y arroyos cuando es una pequeña larva. Su color durante esta etapa tiende a ser transparente y se camufla con el fondo. Esto es importante ya que debe ocultarse durante el día entre la grava para evitar al máximo los depredadores. Con suerte se alimenta por las noches de minúsculas larvas de insectos y crustáceos, como ostrácodos y cladóceros. Si fue lo suficientemente afortunada de sobrevivir y alcanzar una talla considerable, se aventura a la costa y gradualmente a mar adentro donde se dedicará a crecer y acumular reservas lipídicas. Todos los salmones que nacieron en el mismo arroyo presentan una programación genética que establece un calendario de maduración. Es decir que sus relojes biológicos – células cerebrales, glándula pineal – responderán de la misma manera a la cantidad de luz del ambiente, la temperatura y seguramente variables que aún desconocemos. La luz regula la melatonina, que a su vez modula la liberación de hormonas reproductivas. La maduración sexual ocurre de manera súbita. Como consecuencias secundarias, se producen una fuerte coloración rojiza, un cambio mandibular a forma de gancho y una joroba dorsal en el caso de los machos. Todas las reservas energéticas dejan de dirigirse al crecimiento corporal y se enfocan en el desarrollo gonadal.
Después, de alguna forma que tal vez nunca logremos entender del todo; utilizan un mapa heredado en sus genes para regresar al río donde nacieron valiéndose de la intensidad magnética de la Tierra y su ángulo de inclinación. Durante este proceso, el cortisol contribuye a regular la osmorregulación, ajustando el transporte de sales para mantener el equilibrio de agua y minerales en el organismo durante la transición del agua salada a la dulce. Durante su travesía pueden viajar hasta 1,600 km hasta el lugar de desove, donde superan cambios de altitud de hasta 2 km acumulados. Experimentan un severo desgaste muscular, debilitamiento inmunológico y un elevado estrés metabólico. Deben saltar cascadas, esquivar peces de mayor talla, osos, águilas, lobos, nutrias, gaviotas, presas hidroeléctricas y otras modificaciones de hábitat sin alimentarse durante todo este proceso. Cuando finalmente llegan a la meta, las hembras excavan para crear nidos y los machos compiten por ellas dándose golpes y mordidas que pueden ocasionar heridas graves o incluso la muerte. Cuando la hembra termina el desove hace una señal al macho dominante – el que se mantuvo más cerca – para indicar que puede liberar su esperma. Algunos machos débiles o pequeños evitan la pelea y acechan para liberar sus gametos justo cuando las hembras desovan. El nido finalmente es cubierto con grava. Todos los salmones que lograron desovar comienzan a debilitarse hasta que mueren. Los huevos fecundados darán origen a pequeñas larvas que años después volverán a sufrir el mismo destino. Los numerosos cadáveres representan una fuente importante de nutrientes en el ecosistema, lo que estimula la productividad primaria y secundaria en el área.
Este ciclo se ha llevado a cabo desde hace 20 millones de años. Como referencia, en este tiempo surgen el megalodón, los osos primitivos y el ancestro que daría origen a las focas, los lobos marinos y las morsas.





Créditos de las fotografías. rtveplay, Masaki Mizushima, Roy Wood/Ranger Roy (flickr). Arroyo de Desove de Salmón Sockeye por totawarpad en Wallpapers.com — https://es.wallpapers.com/fondos-de-pantalla/arroyo-de-desove-de-salmon-sockeye-3n0pbrbfddz3rbx2.html
¿En qué momento desvalorizamos esta odisea que trasciende las eras para reducirla a mero recurso? ¿O para asociarla únicamente con una lata empolvada en la alacena? ¿Cómo banalizar algo tan titánico como la vida? ¿En qué momento dejamos de asombrarnos? He tratado – en vano – de encontrar culpables: en el desarrollo tecnológico, la búsqueda de satisfacción inmediata de las redes sociales, la religión, la enajenada vida de ciudad, la ignorancia, la desinformación. Las especies se traducen a billetes, ocio, botanas, bitácoras corruptas de pesca. Las convertimos en medios, herramientas, cenas elegantes. En ocasiones vemos la naturaleza ajena, lejana, un sitio para vacacionar. ¡Cómo si no tuviéramos todas las eras geológicas bajo nuestros pies!
¿Qué pasa con aquellos que estudiamos ciencias naturales? La situación no es precisamente distinta. Hay que escribir excusas para justificar el estudio de su belleza: líneas base, consumo, importancia económica, planes de manejo, la obtención de un título o una constancia nueva para el currículum. Perdemos de vista el animal y nos nublamos la vista con lo que lo rodea. A partir de todo esto surgen más preguntas. Algunas que responden a incontables comentarios y consejos recibidos a lo largo de mi vida académica y profesional. ¿La vida en sí misma no es motivo suficiente para estudiarla? ¿Por qué el oficio en ocasiones busca hacerse pasar por anhelo de conocer? ¿Por qué un experto en ballena azul debe enfrentarse a gestos de impresión y deshonra si decide comenzar a estudiar cactáceas? O mucho peor aún… ¡hacerlo simultáneamente!
¿Realmente estudiamos la vida? ¿Por qué alabamos a Darwin si muy probablemente se le estaría sermoneando por redactar volúmenes de cirrípedos si estudió pinzones? ¿O por qué estudiar pinzones si él debería de enfocarse en atolones de coral? Y ni hablar de sus descripciones de plantas, fósiles, aves, mamíferos, insectos. ¿En qué momento nos atrevemos a interpretarlo como una pérdida de tiempo? ¡Si tan solo de escarabajos existen 1.5 millones de especies reconocidas! Basta con prestar un poco de atención y nos daremos cuenta de que nuestro conocimiento científico está sentado en la interdisciplinariedad. ¿Tendríamos la teoría de la selección natural si Darwin hubiera seguido esos consejos?
Leer Cazadores de especies es un valioso paliativo para estos males. Una obra que no idealiza ni condena. Sus historias como las de muchos seres humanos están cargadas de política, intereses económicos, asesinatos, racismo, fraudes. Pero también de genios, maravillas y pasiones. Este libro es un emocionante homenaje a los grandes naturalistas. Este ensayo es una oda a su obsesión.
Desde la primera página Richard Conniff nos desvela un nuevo mundo con múltiples viajes en el tiempo, perfectamente representado en la portada por Charles Willson Peale junto a un mastodonte, ubicado en su museo de Filadelfia. Nos cuenta hechos históricos y científicos como si se tratara de un cuento fantástico. Nos recuerda que la pasión no puede ser equilibrada.
Hombres cuyo alivio al terminar una guerra sea no haber perdido un nuevo espécimen de escarabajo. Otros que entregaban especies desconocidas a sus enemigos y recuperaban los ejemplares de los muertos, convencidos de que el conocimiento no debía perecer con ellos. Naturalistas a los que les estorbaba la masacre para comprar insectos con facilidad.
Morir en un acantilado buscando huevos de halcón peregrino. Historias parecidas a la prueba de Job: tolerar el calor, hambre, frío, tormentas, malaria, mordeduras. Asesinar y ser asesinado. Incursionar en territorio enemigo para desenterrar fósiles. Buscadores de orquídeas que cruzaban continentes enteros desde selvas, bosques y pantanos; dispuestos a morir ahogados o atacados por serpientes. Morir por balas, lanzas, tigres, serpientes, envenenamiento. Genios que han logrado aproximarse a la labor tan complicada que es entender la vida, arrancando con terquedad; respuestas al mundo.
Leer esta obra implica sentir un poco de envidia al recordar que uno no vivió hace siglos en Londres, donde conversar sobre especies era una de las actividades más comunes e incluso de mayor prestigio social, por encima de los deportes y la política. Es anhelar haber conocido a hombres como Walter Rothschild a quienes poco les importaba la economía, la vida social y avatares del poder cuando se trataba de algún animal disecado o un tratado zoológico. Ampliar nuestra perspectiva sobre Linneo, el conde de Buffon o John Hunter. Humanizarlos y admirarlos de manera simultánea. Es conformarse con soñar que uno es compañero de expedición de Walter Bates en la Amazonía. Es poner a un lado el género y epíteto específico de una flor. Dejar de pensarlo como un nombre y transmutarlo en una historia: momentos condensados de desgracias, serendipias, aventuras, bellezas, naufragios, rivalidades, ecosistemas, descubrimientos.
Las expediciones eran muchas veces competencias despiadadas, no siempre contra otros naturalistas o comerciantes, sino contra el propio tiempo. Las impulsaba la angustia de vivir rodeados de secretos vivientes que podían desaparecer antes de ser descubiertos, o de morir sin llegar a conocerlos. Dudo que entender la vida alguna vez haya sido un acto apacible. Posiblemente siempre se manifiesta como una fiebre y una pulsión que atraviesa la médula.
¿Existe realmente un orden en la naturaleza o somos nosotros quienes insistimos en encontrarlo? Lo desconocemos. Pero podemos procurar en vano,
disminuir el caos. Convertir la maraña infinita del mundo en algo que podamos nombrar porque poner etiquetas nos brinda una sensación de paz, poder o entendimiento. Clasificar es una forma de resistencia contra el vértigo de lo desconocido. Seguimos nombrando y delimitando especies, intentando imponer un orden a una diversidad que inevitablemente nos supera. Fue esa misma inquietud la que impulsó a generaciones de naturalistas a dedicar su vida a explorar y comprender el mundo.
Como menciona Conniff, todos ellos transformaron nuestra manera de verlo y de entender nuestro lugar en él. ¿En qué momento comenzamos a minimizar la grandeza de esa búsqueda?
La Tierra tiene 4,500 millones de años, la vida 3,800 millones. Nosotros la especie Homo sapiens tenemos 300,000 años. Es decir, hemos estado en el planeta 0.0078% del tiempo desde que la vida comenzó, lo que equivaldría al último segundo de un reloj que marca 24 horas. Y nuestro promedio de vida equivale a 0.000001% de ese tiempo. Cazadores de especies es una síntesis de resiliencia por parte de ese porcentaje enfrentado a un tsunami metabólico llamado especies. Especies que podemos percibir tan lejanas de nosotros mismos, pero en las que aún así podemos encontrar dolor, empatía, guerras, ocio, familias, sadismo, lenguajes, estrategias, complots, infidelidades, arte, esclavitud, consumo de drogas, guarderías y niñeras, unidad, duelos ante la muerte.
Desde el primer momento esta obra representó para mí un recordatorio de que el primer paso, lo primero que debemos hacer antes de buscar conservar una especie, antes de crear leyes, regulaciones, antes de cultivarlas, pescarlas, lucrar o incluso tomarnos una fotografía con ellas:
Antes de cualquier cosa, debemos de asombrarnos.
Aunque nos rodeemos de tecnología, o nos abstraigamos en la rutina, la ciudad, las noticias, nuestro trabajo, las redes sociales. Sin importar que tan cerca o que tan lejos vivamos de un mar, de un bosque, de una selva o un desierto. Aunque las luces artificiales no nos permitan ver las estrellas. Los eones, nuestros orígenes y los seres con los que compartimos genes están arraigados en nosotros y también ocultos en los rincones del planeta; esperando a ser descubiertos, estudiados y venerados.
La búsqueda no termina. Tal vez nunca termine. Y eso es lo maravilloso.
Referencias
Naiman, R. J., Bilby, R. E., Schindler, D. E., & Helfield, J. M. (2002). Pacific salmon, nutrients, and the dynamics of freshwater and riparian ecosystems. Ecosystems, 5(4), 399–417. https://doi.org/10.1007/s10021-001-0083-3
McPhail, J. D. (1997). The origin and speciation of Oncorhynchus revisited. En D. J. Stouder, P. A. Bisson, & R. J. Naiman (Eds.), Pacific salmon & their ecosystems (pp. 29–38). Chapman & Hall.
Putman, N. F., Scanlan, M. M., Billman, E. J., O’Neil, J. P., Couture, R. B., Quinn, T. P., Lohmann, K. J., & Noakes, D. L. G. (2014). An inherited magnetic map guides ocean navigation in juvenile Pacific salmon. Current Biology, 24(4), 446–450. https://doi.org/10.1016/j.cub.2014.01.017
Sarukhán Kermez, J. (2013). Las musas de Darwin (6ª ed.). Fondo de Cultura Económica.

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